La biblioteca del alma

Nadie puede negar que los libros tienen alma y no solo eso, sino que son grandes maestros nuestros, que llegan a nuestra vida con sus emociones, sus enseñanzas y sus lecciones de vida, dispuestos a mostrarnos el camino, nuestro camino. Como si de oráculos se trataran, en sus páginas hay claves que resuenan en nuestras existencias y son capaces de, en el momento adecuado, mostrarnos, como un Daimon, cual es nuestro destino.

Todos conocemos libros que han sido capaces de trasformar toda una vida. Llegaron en un momento adecuado y en sus páginas algo resonó en nuestro interior, empujando nuestras vidas hacia una playa no vislumbrada. En mi caso, muchos han sido los libros daimónicos que han trasformado mi existencia, llevándome a unos nuevos puertos no buscados, ni siquiera imaginados. Si tuviera que aventurarme por algunos títulos, podría aventurarme por,” El hombre en busca de sentido” del psiquiatra vienes Viktor Frankl o “Mis experiencias con la verdad” de Gandhi. Sería del todo injusto, no mencionar “El lobo estepario” de Hermann Hesse o “Reglas y consejos para los jóvenes investigadores” de Santiago Ramón y Cajal. Y es que en definitiva en mi pequeña biblioteca de Alejandría, que yo denomino «La biblioteca de mi alma», se gestaron mis sueños, mi personalidad y mis anhelos como ser humano. Mis padres y muy especialmente mi madre no escatimaban en la compra de libros, para ellos mismos y para mí. Mi mayor placer era ir a merendar con mi madre a una cafetería cercana a una librería, donde yo me zambullía durante horas en ojear cientos de libros para llegar a comprar cuantos podía por las mil pesetas que ella me daba. El olor de las hojas, el tacto suave y la sabiduría contenida en sus páginas eran llamadas del jardín del Edén a las que no podía resistirme. Andando los años, consolide una “Biblioteca del Alma” con miles de ejemplares en casa de mis padres.

Hace pocos meses y con motivo del fallecimiento de mi madre, tuvimos que desmantelar mi biblioteca, mirar lo que podíamos quedarnos y el resto, por cuestión de espacio e imposibilidad de poderlo conservar, donarlo a proyectos solidarios y ONG culturales. Aquel desmantelamiento se me hizo eterno, duró varias horas y no podía deshacerme de ninguno de aquellos libros, pues cada uno tenía su historia, que era mi propia historia. Recordaba perfectamente cada dibujo, cada diagrama, cada sentimiento y cada sueño que se engendraron en cada página. Sentía un dolor profundo en lo más hondo de mi corazón, es más, diría en lo más profundo de mi urdimbre del alma. Iba introduciendo los libros en cajas de cartón y cada gesto representaba una despedida y un duelo, con una dosis de agradecimiento y la clara sensación de que todo lo que yo era estaba siendo almacenado en aquellas cajas. Mis sueños, mis anhelos, mis emociones, mis proyectos de vida y de profesión, mis amores, mis fantasías, todas estaban en aquellas páginas que yo almacenaba con profunda tristeza.

Ahora la “Biblioteca del Alma”, no ocupa espacio físico en ningún anaquel, sino está presente en mi corazón y más que nunca en mi propia Alma.

 

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